Berne Ayalá.
Te dedico este reguetón, Coyote.
(Fragmento de la novela Arizona dreaming de Berne Ayalá)
Tú bailabas de la mano de un don Juan
El whisky, la pistola, veinte dólares
Y los ojos del Coyote riéndose de mí.
La noticia lo dejó pensativo casi media hora. Estamos mal, dijo cuando le fue imposible seguir callado. El tiempo estaba mal para andar por ahí buscándole la quinta pata al animal. Bajó el rostro, empujó el humo a los pulmones y mientras movía el cigarro como si intentara apagarlo, extendió el papel y se dirigió a Morgan. Son catorce muertos, esos hijos de puta me están dando de alma, con qué cara le voy a salir a las familias, con qué cara, con eso tengo para no volver a El Salvador en medio año; murió el hermano de Romeo y la mujer de un socio, es mucha plata, se lamentó; tenemos que movernos hoy mismo para Veracruz, aquí no estoy haciendo nada ni me siento a gusto, necesito topar hasta allá arriba, a como dé lugar, volvió a hacer otra pausa y al observar el cuerpo de Marianao dijo: Y qué ondas con ese bulto. Amistades a las que uno les tiene que ayudar, el mundo es grande y a veces se necesitan caras nuevas para corazones contentos, respondió Morgan. Sus ojos de perro se encendieron. Al Coyote no le gustó el comentario.
Laura Magdalena estaba cerca de ellos, envolviendo a San Simón con una bolsa plástica. Había estado muy callada desde el regreso de Yucatán. Nunca pensó que ese viaje sería tan largo y complicado, ni que iba a conocer un cubano que sólo pensaba en bailar y a esos otros diablos que nada más hablaban de matar. Snoopy trató de emboscarla en la mañana con el cuento de su amor a primera vista, pero alguien se le había adelantado. Tootsie estaba junto a ella, era al único hombre que, al menos hasta hoy, le permitía dormir a su lado, por razones obvias.
Los ojos del enfermo habían bajado la coloración y las secreciones, también las fiebres habían cedido un poco. Pero él sabía que esa enfermedad es así, un día puedes estar bien y el otro sin poderte levantar, hasta que ese maldito virus decide arrancarte el último suspiro. Mientras ese momento no llegara él seguiría intentando llegar al norte.
Y vos, rezá con ganas y pedile a ese tu santo porque de aquí para arriba nos vamos a retorcer como si llevamos gusanos en el culo. El Coyote hizo un gesto de desprecio que a ella no le gustó. No hable así que de un momento a otro lo puede llegar a necesitar y entonces no se va acordar de usted, dijo Laura Magdalena que veía en la dirección de su delantal. Él sacudió el aire con su mano como espantando a un mal espíritu. Llueve mucho, las carreteras están rebalsando de agua y lodo, no nos iría bien si avanzamos de noche, aún de día quizá no alcancemos a llegar a Veracruz en doce horas; hoy temprano hice una llamada, me dicen que el general Delfino Parrilla se encuentra con su tropa en las afueras de la ciudad, en Córdoba, pero que también tiene algunos de sus hombres en el Paso de las Ovejas, aseguró con tranquilidad el Kaibil. Remigio y el Coyote voltearon a ver a Morgan. El pirata no pareció preocuparse. Su reloj dio varias campanadas, él vio las agujas y sonrió.
México es un país grande, quién no lo sabe, de sobras el mojado. Lo que más te abundan son las distancias y las ganas de pelarte y salir de allí antes de que te pongan un cuete en la frente y tu sueñito se venga de piquetazo.
Si dejaban las comodidades de los autos y los hoteles, que aunque baratos eran obviamente mejores que cualquier barranco, podían esconderse con facilidad, y hasta exagerando un poco podían montar una guerrilla de mojados o algo así. Es lo que Remigio solía recomendarle al Coyote, que se dejara de mariconadas, que se armaran hasta los dientes, con tanta montaña podían probar, a ver si era cierto que esos migras hijos de la chingada se comportaban igual si del otro lado les volaban plomo, decía.
Yo me estoy hostigando de andar escondiendo el bulto, deberíamos de terminar con esta fiesta o nos rompen ellos o los rompemos nosotros, dijo Lucas, fuera bueno que un grupo saliera adelante explorando para ver qué mira, no es lo mismo que caigamos unos a que caigan todos, terminó diciendo. Marianao se puso de pie, al parecer había escuchado lo que se decía en el grupo. Tuvo la intención de entrometerse en la conversación, desistió y salió hacia el patio. Así se fue comportando desde los primeros momentos, como que no oía nada, aunque a la hora de abrir la boca se sabía todos los chismes de la gente y siempre hablaba en un tono de profecía cómic.
Y dónde podemos quedarnos cuando lleguemos a Veracruz, preguntó Morgan al Kaibil. En un hotel de la ciudad, no sería conveniente quedarnos en las afueras, tengo un par de amigos con casas grandes, pero no lo recomiendo, pueden sorprendernos y no van a dejar vivo ni al santo de esta patoja, dijo y le hizo una mirada mustia a Laura Magdalena, ésta al verlo alborotó las manos y apretó con fuerza su delantal.
Caer en las manos de los Zetas no era cosa de juego, se oía decir. Sería mejor que los agarrara la migra y que los dejara sin una pluma, bien pelados y que después de unos cuantos garrotazos los remitiera para sus países, y si acaso los mataba los iba a matar bien, o sea por la ley, con todo y garantías constitucionales, con todo y lectura de sus infracciones legales. No, nada de eso, la muerte por mano de los Zetas es otra cosa, la matada mala, rociado a balazos, partido o quemado hasta quedar en cenizas, enterrado por partes en dos o tres estados, tu cabeza besando el piso de una discoteca del DF y el cuerpo a doscientos kilómetros en trocitos dentro del pastel de cumpleaños de la hija del enemigo, no, carnal, no convenía ni pensarlo.
Estamos un poco apiñados y no podemos disponer de otro carro. La manera en que el Coyote habló no fue clara, al final no se supo si era una aseveración o un mal presagio o la mezcla de ambas cosas. El Kaibil puso las cartas sobre la mesa y la 44 olorosa a pólvora quemada: En ciudad Victoria puedo ver si consigo otro coche, ahí me conocen de sobra, en el camino lo podemos decidir, según de a cómo nos toque. Me acabo de comunicar con Romeo, no le ha ido tan bien, viene un poco cerca con un grupo de mojados, logró conseguir dos vehículos con placas diplomáticas, va para Veracruz, dijo el pollero. No hay más que jalarle para el norte, la cámara no tiene tecla de rewind, dijo Morgan.
Cuando todo mundo había metido sus bultos dentro de las dos camionetas y tanto los mudos como los más habladores estaban listos a enterrar sus traseros en los asientos, la voz chachalaca de Marianao los hizo voltear irremediablemente. Caballero, vamos a tumbar tiburones, esta cosa está de cojones, le vamos a dar candela cantidá. Alguien se rió por ahí, Laura Magdalena por ejemplo, Snoopy y Tootsie también. Otros reprocharon al cubano pues venía a aumentar las penas. Los de habla extraña no entendieron ni un cinco, aunque sabían que en los ojos, el bigote grueso y en esa barba, de patas negras, espesa y blanca del mentón, del isleño, había un tanto de fantasía. El cubano movió las manos con rapidez y al sacudirlas, les dijo que sacaran los collares porque había llegado Changó y con él la cosa iba de cojones, ya tú sabe, compay, el negro es así, un guapo dispuesto a bailar toda la noche.
La radio daba la noticia acerca de la onda tropical número 42 con vientos superiores a los 40 kilómetros por hora y el frente frío número 9, la vaina no tenía exageración, estaba de cojones, como dijo el cubano. Las calles eran ríos. Algunas residencias del camino, y de la misma Villahermosa estaban inundadas, las gentes intentaban sacar con guacales y baldes los cientos de metros cúbicos de agua que empaparon sus colchones y les hicieron trizas sus amados televisores. A la salida de la ciudad vieron una trifulca de varios fanáticos de un partido político que atacaban a un grupo de adversarios con palos y bolsas con orines y alguien que gritaba cosas no gratas en contra del dirigente de izquierda Andrés Manuel López Obrador, que para variar no fue profeta en su tierra natal.
Allí cayeron en la cuenta de que estaban próximas las elecciones de Tabasco, que iban a coincidir con las del Ecuador y que, como siempre, los hispanos de América irían a librar sus batallas, llamadas así por la cantidad de garrotazos y de votos robados de que siempre se habla.
Hace buen tiempo para salir de este hormiguero, se escuchó decir a Morgan. Era el único lunático que pensaba así. Yo prefiero la rumba, caballero, una buena hembra que mueva el potaje y más na, pa qué otra cosa, caballero, pa qué. Marianao volteó a ver a Laura Magdalena, que iba casi encima de sus piernas por lo apretado del auto, y le preguntó: Óyeme, ven acá, mujer, y tú no sabe bailar rumba. Ella lo negó con un gesto. Era un no con una sonrisa de ingenuidad total. Laura Magdalena no sabía qué mierdas era la rumba. Por el espejo retrovisor se vieron bailar, aunque no rumba, los ojos amenazadores de Snoopy que sentía celos por no estar con ella. Coño, chica, te lo dije, esta cosa está candela. Marianao volvió a sacudir las manos y viendo a Snoopy le dijo: Oye, ven acá, mi socio, no tienes por ahí un poquitico de guaguancó para apagar el frío. Snoopy lo vio por el retrovisor y le hizo señas que esperara un poco. Le pondría algo, pero más tarde, y no de sus mierdas cubanas sino algo que ya andaba cantando él desde que pasó por Tecún Umán. A ver si te gusta, cabroncito, se quedó pensando.
Cuando los autos rodaban sus llantas bajo el agua, el cubano empezó a saber ciertas cosas de aquellos caminos, Snoopy sonrió cuando la banda comenzó a tocar: De paisano a paisano, del hermano al hermano, por querer trabajar, nos han hecho la guerra patrullando fronteras, no nos pueden domar, Marianao cerró los ojos como diciendo, oye, compadre, ese ritmo está de pinga.
Por momentos el andar se hacía lento debido a la torrencial lluvia. En una o dos oportunidades vieron a los agentes de la migra que habían dejado a un lado los registros de los autos sospechosos para observar alguno que se había quedado atascado en el lodo. Los casi cuatrocientos cincuenta kilómetros planeados los podían recorrer tranquilamente en un día, si es que no tenemos algún pedo, dijo alguien. Una vaca muerta, con el estómago inflado y a punto de explotar, era arrastrada por el agua; las vigas y los adobes hechos lodo de lo que fue un par de casas, iban detrás levantando tumbos. Varias gentes se refugiaban en una casa sembrada en una pequeña loma, viendo caer la lluvia con sus caras tristes y sus cuerpos tiritando. En la radio se decía, en la voz de un locutor con acento de puta vieja, que los candidatos por la gobernación de Tabasco reclamaban los recursos del Estado: prometían darle al césar lo que es del césar, a dios lo que es de dios, y poner el pan y el vino, con su debido nombre, en sus propias manos, para alivianarse bien chido. Quitá esa mierda, dijo Tootsie. Todos se quedaron con la bocota abierta, era la primera vez que el mamplora alzaba la voz.
Tal y como había sido lo planeado, los autos se separaron, Morgan iba adelante, a una hora de camino del Coyote. Era preferible avanzar por separado para no caer todos en una de las trampas que de seguro estaban adelante. Entrada la noche, después de evadir un control policial, el automóvil donde iba Morgan llegó a Veracruz. El malecón que huele a sirena, a canción repetida una y mil veces en los bares, con acompañamiento de guitarras, que huele a barco, a tablas, a batalla remota, a agua salada, se impuso en el andar.
Un pequeño hotel cercano al malecón de la ciudad estaba listo para recibirlos (nombre que se omite para no delatar a los socios del Kaibil). A esa hora, Veracruz prendía en luces, como aquellas luciérnagas que Morgan vio meter al oficial instructor del Vietcong en una bolsa de plástico para lograr avanzar con presteza a la hora del ataque nocturno. A lo lejos, los gigantescos brazos de hierro de los barcos movían sus tenazas, arrastrando contenedores que desde allí parecían pequeños regalitos de Santa alumbrados por farolitos de Navidad. Aquí es cuando uno dice de plano que México es lindo y querido, con su aire marino y sus cervezas, no digamos sus mamacitas chulas y morenas, aunque al ratito cuando te despiertan y te dan la noticia que la migra te caza del cincho, lo odias con odio jarocho.
Los agarraron, pujó el Kaibil. Apenas comenzaba la madrugada.
Un par de horas atrás se separaron del grupo del Coyote. Ahí, en el hotel, aseguraron de que todos estuvieran acomodados en las habitaciones respectivas. Romeo llegó sano y salvo con su grupo de mojados, juntos se quedaron en un cuarto, acomodados en dos camas y regados en el piso. Había logrado evadir tres retenes y un par de camionetas que corrían cerca de ellos. Los autos facilitados por unos amigos del consulado les habían sacado de aguas. Para seguir garantizando el movimiento, el Kaibil salió por ahí a ver a sus contactos, entonces fue que uno de ellos le informó que la gente del general Delfino Parrilla había puesto una emboscada, muy cerca de Medellín de Bravo, un poblado ubicado al sur de Veracruz. La noticia la recibió Morgan pocos minutos después de haberse dado una ducha con agua caliente. A su lado estaba Mr. Robinson, que se puso pálido. O sea que es cierto, a uno lo pueden agarrar aunque sea coyote y le vuelan los colmillos. Todo depende de los amigos que tengas, de los enemigos y de cómo se invierten los papeles a la hora de los vergazos.
El general Delfino Parrilla se presentó en su camioneta con cuatro de tropa. El grueso de la fuerza había tomado control del lugar una hora antes. Era una casa vieja y descuidada, con la mayoría de los cristales de las ventanas echados a perder. Tenía varias puertas de madera, pero la principal era de metal. Parecía un cuartel provisional de las unidades militares, para secuestrar, extorsionar o pelar a los mojados. El general tenía una prominente panza, nada extraño en un federal mexicano. A propósito, y esto es en serio, has visto a un milico o migra mexicano, o judicial de los bravucones. No sé qué ondas con ellos, carnal, pero casi todos son tripudos, quizá porque muerden demasiado a los mojados. No creas que vas a ver esos cuerpos esculpidos a fuerza de gimnasio, ni uniformes elegantes, nada de eso, hasta los botones de las camisas se ven forzados dentro de los ojales por la grandeza de sus barrigas. Tú estás frente a ellos, frunciendo los ojos todo el tiempo, con las manos en forma de escudo, porque sientes que alguno de los botones de sus guerreras te caerá como bala, y ellos creyendo que estás nervioso porque te agarraron en pleno vuelo.
Apestan estos hijueputas, murmuró Remigio. Un culatazo en el hígado le sacó una bocanada de sangre. Híjole, mi coyote, hoy sí que le tocó morder el garrote, mire nomás, cómo lo vine a agarrar, dándole besitos al culo, lo agarré cagando. La carcajada disparatada del general Parrilla fue escuchada en toda la barraca. Los asiáticos estaban tendidos boca abajo y amarrados de las manos como iguanas recién cazadas, Daniel Matasano estaba en una habitación separada, luego que no quiso quitarse los zapatos y se engrescó con un migra, sometido a palo lo llevaron hasta ahí casi inconciente. Un grupo de migras golpeaba a Lucas y a Remigio, éste, debido al ataque ya no tenía el sombrero en la cabeza y ya sabes, carnal, el cuento de su nombre. Un mojado, el más llorón, estaba atrás de la casa, soltando información, era el temor del Coyote. A todos los demás los habían desnudado en una habitación, les tiraban agua helada con unos baldes mientras les escudriñaban las ropas para quitarles hasta el último centavo.
Las maletas estaban en el corredor, abiertas, con las tripas de fuera mientras una pareja de migras tripudos revolvían las miserables prendas y tomaban los dólares que encontraban en cualquier rincón. Rompían papeles y algunas fotos familiares. Se reían a carcajadas o se ponían trompudos, según fuera la sorpresa.
Mire nomás, si apenas trae encima unos pinches nueve mil dólares, esto no me sirve ni para la propina, dónde está la plata, mi amigo. El general Parrilla bebió agua de una cantimplora que uno de sus asistentes le llevó en ese momento. He invertido mucho dinero, es un viaje muy problemático para mí, he tenido varios muertos, no había perdido nunca como hoy, general. Pero debería decirme por qué lo andan persiguiendo, por aquí no está su ruta, mi amigo, qué hace por estos lugares, no me diga que probando suerte o que ya le salió una su noviecita con el patrón del Golfo, porque usted tiene su famita de cogerle las hijas a gente poderosa. Los ojos achinados y rojos del general Parrilla bailaban una música de cantina sacada de unos instrumentos a punto de romperse. Por los viejos tiempos, le pido que me ayude, quédese con todo el dinero, pero no me joda, general, tengo mucho dinero invertido, además usted qué pierde si nosotros siempre le damos su parte, cuando haya salido de esto yo lo voy a alivianar. Pero no me ha contestado la pregunta que le acabo de hacer.
El general Delfino Parrilla observaba cómo uno de sus hombres vaciaba una maleta en la esquina del corredor, además de efectos de aseo personal, de su interior cayó un libro, similar a la Biblia. El migra lo abrió haciendo gestos de no entender nada, después de darle unas vueltas lo tiró al suelo. Bueno, usted quizá sepa más que yo, la voz del Coyote era calculadora. Su mayor preocupación en ese momento eran las armas. Ojalá no las fueran a encontrar, se decía.
Yo sé todo lo que pasa en este condenado país, mi amigo, pero quiero escucharlo de su propia boca, para ver hasta dónde anda su sinceridad. El general Delfino Parrilla le ofreció un cigarro, el Coyote lo aceptó. Eran del paquete que uno de los migras tripudos sacó de su equipaje. El problemita de Sinaloa, ya lo dijo usted, general, son cosas de amor, cometí un error con la hija del hombre, el Coyote hizo una pausa no sólo para expulsar el humo sino para dejar caer sobre las narices del general una de esas miradas que no tienen otro propósito, sino el de convencer al que te escucha de que tú hablas en serio y dices la verdad: Yo nunca he tenido problemas en México, continuó, siempre he cumplido con lo mío, le he dado a ganar a todos por igual y a todo nivel, en las aduanas, a las patrullas de la migra, al ejército, a usted, a algunos alcaldes, cónsules y otros diplomáticos, a todo el que ha sido necesario le he dado su alivián, no entiendo por qué me quieren joder. Usted sí sabe, mi amigo, lo que pasa es que se quiere hacer el pendejo conmigo y eso no me gusta para nada, póngase las manos en las bolas y hable.
El general respiraba con dificultad, haciendo con el pecho un ruido de animal enfermo. El tono de su voz no era agresivo, preguntaba con insistencia pero sin que pareciera preocuparle el tiempo que el Coyote se tomara para responder.
Bueno, yo sé que usted lo dice por las gentes que me persiguen, es normal, los Zetas trabajan para el que bien pague, por eso es que ellos andan detrás, por lo de la hija del hombre, creo que él les dio el encargo para que me den en la nuca. El general dejó caer el cigarro al suelo, pero no puso la bota sobre la brasa, lo dejó allí, consumiéndose tranquilamente, y si fuera necesario encendería otro y otro y otro, lo dijo con el gesto de su boca torcida. Míreme bien, mi amigo, yo sé quiénes son esas gentes de los Zetas, pero yo no hablo de esos cabrones, si usted quiere llegar a algún trato conmigo es mejor que se ponga claro, clarito.
Un migra traía en ese momento a Remigio, o como se llamara en aquel estado, sin sombrero. Lo habían golpeado en la cara y ahora entraba desnudo besando el suelo del cuarto donde estaban los otros mojados. Los ojos más encendidos estaban en el rostro de los chinos, eran tan elocuentes ante la imposibilidad de poderse quejar en el idioma de sus captores. En la habitación donde tenían a Daniel Matasano dejaron de escucharse los quejidos.
No le entiendo, dijo el Coyote, y no estaba mintiendo. Se la voy a poner más fácil, mi amigo, qué mierdas tienen que ver los gringos en esta mierda. Las latas de la camioneta GMC comenzaron a ser abiertas por una taladro que operaba un migra de cabellos hirsutos que masticaba chicle, hacía agujeros en la carrocería y cortaba cables. El Coyote volteó a ver con disgusto el maltrato que ejercían en su auto. No hay nada que puedan encontrar, usted sabe que yo no muevo esa mierda. En estos tiempos uno no sabe qué vienen a hacer ustedes los guanacos a nuestro país, dijo el general Delfino Parrilla; para mí es mejor cerciorarme de lo que hay adentro de ese coche. Pero de cuándo acá ese cambio, general, si usted y yo hemos sido amigos por mucho tiempo. Hemos tenido negocios en común que es diferente, ahora me interesa una cosa: qué putas lleva usted encima para que tanta gente lo ande persiguiendo, es lo que yo quiero saber, y lo voy a averiguar. Pollos es todo lo que siempre llevo conmigo, general, qué más puede ser, y lo de los gringos que usted pregunta debe de ser por la situación de la aprobación del presupuesto para el muro y el endurecimiento de las leyes contra los ilegales, es todo, no se trata de otra cosa. Es distinto lidiar entre nosotros, los indios de estas tierras y ustedes, pero cuando esos pinches gringos se meten ya no me gusta, así fue cuando lo del Señor de los Cielos, anduvieron por estas tierras hasta que nos jodieron; ve cómo es la onda y por qué es que no confío en usted, mi amigo. No le pido que confíe, general, sino que me dé una oportunidad.
Las maletas fueron cortadas con los yataganes de la tropa. Las ropas hechas trizas cayeron en el lodazal del patio. El dinero de los mojados fue reunido por un oficial que una vez terminó de contarlo dio parte. Por todo son trece mil dólares y unas monedas, mi general. Algo es algo, dijo Delfino Parrilla con aburrimiento, al menos nos puede servir para las propinas, ha sido un largo viaje y ni modo que irnos con los brazos vacíos. Déjeme ir, general. Qué gano yo a cambio, mi amigo, qué. Yo le prometo que cuando salga de esta lo voy a alivianar. Usted quiere que yo le ayude, mi amigo, pero no es sincero conmigo, no me dice nada de esos gringos mamones ni qué mierdas andan haciendo por estas tierras con intenciones de joderlo. Sólo déjeme hacer una llamada, general, es todo, y yo le aseguro que vamos a salir bien de este problemita, hizo una pausa: Quizá pueda conseguirle otro alivián. El general Delfino Parrilla le hizo señas a uno de sus suboficiales para que le trajera el celular decomisado de TELEFÓNICA.
En el momento en que conversaban Morgan y el Kaibil acerca de la captura, sonó el teléfono. La petición era clara: que lo llegaran a traer por la gran puta que me joden. De qué garantías le hablaban. No las había. En qué cabeza podría caber que con semejantes delincuentes uniformados las podría haber. Y quién no sabe que los negocios de bandido a bandido son así de turbios y siempre te las tienes que jugar. El Coyote estaba al otro lado, implorando por su vida.