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Dagoberto Gutiérrez: personaje de la cultura política salvadoreña.

Berne Ayalá

El ortodoxo o radical suelen confundirse con el charlatán, por eso es que en muchos casos abundan las palabras y faltan los contenidos. No es el caso de Dagoberto Gutiérrez, uno de los intelectuales de mayor presencia en los debates públicos de El Salvador.

Gutiérrez es uno de los personajes más conocidos en la órbita política salvadoreña. Lo identifica su arraigo al ideario revolucionario de corte radical. Después de su ruptura con el partido FMLN fundó el colectivo “Tendencia Revolucionaria”, más adelante se situaría en la concepción de “resistencia”, acuñada muchos años atrás por las comunidades indígenas. Su discurso es cercano al clásico marxista, la contradicción entre capital y trabajo suelen circunscribir sus artículos, la lucha de clases sigue siendo el eje de su versión del drama salvadoreño.

No repara cuando tiene que despotricar contra el orden de cosas en contra del cual sigue luchando, puso de moda el plural de los edificios ideológicos al recordarnos que la política es más que dos líneas rectas: “las derechas y las izquierdas” en el mar de las tribulaciones.

Su pensamiento establece un vínculo con el pasado marxista en el análisis del modelo capitalista, pero establece a conciencia un pensamiento actualizado donde la geografía humana es decisiva, esencialmente en la era de la lucha por el ecosistema planetario. Dagoberto Gutiérrez encierra dentro de su radicalidad ideológica una renovación analítica que sacude la pereza de los burócratas de izquierda. Tal conjugación no fue una virtud de los ejecutores primarios del marxismo, los leninistas, que más bien socavaron la imaginación con su despiadado “realismo socialista” y destruyeron las posibilidades humanistas de la revolución.

Cuando nació el partido leninista no hubo lugar para nadie más que no fueran los amigos y los enemigos, fue la época la que definió la táctica y la estrategia. No había espacio para socialdemócratas, anarquistas, trotskistas, o cristianos. Con esa historia a sus espaldas el planteamiento sobres “las derechas y las izquierdas” es revolucionario, no tanto por su descripción ideológica como por su connotación política.

La teoría que Dagoberto maneja sobre las alianzas y los sectores populares, y sobre todo su visión histórica del acontecimiento político, son provocadoras porque se sostienen en una actitud a partir de la cual un radical puede entablar el diálogo con cualquier forma de pensamiento, a partir de una psicología poco común en los personajes públicos salvadoreños, su postura ideológica. Todos los que hablan con él saben quién es.

Dagoberto no reparará en señalar aquello que desde su perspectiva es reprochable. Es uno de los intelectuales más respetuosos al momento de entablar el inevitable diálogo con “el enemigo”. La elegancia de su postura lo sitúa como un hombre admirado y respetado por sus adversarios. Quizá sea el intelectual más popular de El Salvador pues entre la madeja de su discurso barroco están las palabras con las que nombra los hechos como a la gente le gusta. Es un representante indiscutible de la psicología de una parte importante de la sociedad salvadoreña, lo que no significa que su popularidad sea necesariamente una aceptación de su postura.

¿A qué se debe que un hombre de la corriente de pensamiento más radical de la izquierda intelectual salvadoreña sea atractivo para los medios de comunicación? Gutiérrez comprendió desde hace mucho la relación de dependencia de los hombres y el poder omnisciente. El conocimiento de su propia situación define la postura de los hombres frente al poder. Es imprescindible que los hombres que actúan en política sean inteligentes, estudiosos, matemáticos ante todo.

Durante la guerra civil la propaganda de la guerrilla definió un llamado a diferenciar entre los soldados pobres, oficiales, jefes del ejército, entre todos estos y la oligarquía y su gobierno, y entres todos los anteriores con el poderío militar y político de Estados Unidos. Eso define mucho de lo que conforma el pensamiento de Dagoberto. Pero hay algo más en estos asuntos de la diplomacia frente a las cámaras: la simpatía y la propiedad con la que se habla. La pericia como lector y estudioso, hacen de Dagoberto un atractivo para las masas. Una alusión a las guerras espartanas o al modelo helénico del ejercicio del poder y una reflexión inmediata sobre el articulado constitucional marcan las pautas cuando se habla del problema del agua o la participación ciudadana. No importa si siempre tiene la razón o no, o en qué medida y respecto de quienes la tiene. Todo estriba en que su mejor ataque no está en rebatir con desprecio al adversario sino en darle la razón con un punto y aparte para luego dirigir la mirada a las cámaras y argumentar lo contrario sin necesidad de los adjetivos ofensivos.

“Las masa tienen la razón, el pueblo es sabio”, suena siempre en sus expresiones. Para Dagoberto Gutiérrez la naturaleza del pensamiento y las acciones humanas no son sino hijos de la política, no hay hecho que no lo sea, incluso la muerte y su ingenioso resumidero calzado en los cementerios donde ahora caben menos muertos que en los edificios de apartamentos de Nueva York. Los cementerios provocaron, al igual que la cábala, el sistema métrico y el matrimonio civil, cualquier cantidad de guerras.

Precisamente su postura radical es la que lo ha llevado a criticar severamente al partido FMLN, ha sabido dar concejos a tiempo y le sigue hablando al presidente Mauricio Funes en un “vos”, que en los últimos días dejó zanjada la realidad de las izquierdas y el poder de las derechas en el gabinete del nuevo gobierno.

Dagoberto fue el hombre que dio el discurso en la Plaza Libertad en febrero de 1977, cuando las alianzas entre comunistas, socialdemócratas, democratacristianos y militares renovadores, se declararon ganadoras en las elecciones presidenciales de ese mismo año con el candidato Ernesto Claramount, por segunda vez arrebatadas por el fraude de la dictadura militar.

Esa escuela, al igual que la de 1972, cuando la Unión Nacional Opositora (UNO) compitió con José Napoleón Duarte, demostró que sólo la pluralidad puede triunfar, porque la naturaleza humana es esencialmente disímil. Dagoberto lo ha sabido bien desde entonces.

Si recurrimos a las fuentes marxistas clásicas vemos cómo la revolución democrática burguesa es concebida como un camino además de necesario inevitable para el propósito final e histórico de la concepción comunista y socialista. Fue el leninismo el que traicionó esta medular apreciación del hecho histórico al perseguir y aniquilar a todos aquellos que rondaron el partido de los rusos blancos, fue la suerte del exilio de Kerensky como republicano pero también la de Trotski como marxista.

Dagoberto es uno de los personajes que mejor representa su pensamiento con su accionar político. Sabe que un gobierno de izquierda, más si se trata del primero en la historia del país, no puede hacer otra cosa que descansar sus pies en el modelo pasado para poder deconstruir su visión histórica. Sabe bien entonces que “este no es el tiempo de los enemigos esenciales”, los aliados son parte de la historia revolucionaria concebida por él, pero no sólo eso, el valor de los aliados no estriba en su modo de pensar o de vivir, si son pobres o ricos, estriba en las acciones que dedica “al proyecto revolucionario” por él concebido.

Por eso, a pesar de conocer bien la naturaleza del gobierno y sus raquíticas posibilidades históricas, fue uno de los que menos se sorprendió de lo que sucedía al anunciarse el gabinete. Los mensajes de Dagoberto han sido claros: “Lo importante no es si el miembro del gabinete es de derecha, lo importante es que trabaje por el proyecto por el que la gente votó.”
Les recuerda a sus ex compañeros de la guerrilla y militancia partidaria, que cuiden sus protuberancias carnosas, el aire acondicionado, asientos de cuero y los motores de ocho cilindros que encantan más a un pobre diablo que a un ricachón que nació en cuna de oro.

Dagoberto Gutiérrez es un intelectual de izquierda radical sobre el cual siempre es dable discutir, un personaje que no puede ser ignorado, no necesariamente porque se esté de acuerdo con él sino porque es un digno representante de las ideas inteligentes y de la actitud firme frente a un modo de pensar.

 

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