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El fútbol sin guerra.
Los viajes de Olivier con el Pachuca de México
Berne Ayalá
“Sabemos por Tolstói que las familias felices no producen novelas. En las afueras del poblado de Tecoluca, una ciudad del centro de El Salvador, hay una pequeña aldea llamada Las Pampas, en la que se recrean abundantes historias que habitan en la mente de aldeanos que han visto transcurrir los años de su vida entre la tranquilidad de una naturaleza preñada de silencios, verdes empapados por el agua de los inviernos, riachuelos que nacen en los traspatios de sus casas, y el tronar de la guerra y el olvido de al menos veinte años. En los años 1970s era una hacienda que pronto sería repartida por la reforma agraria, ello propició el nacimiento de un pequeño caserío con construcciones de ladrillo y lotes para huertos. Un modelo de habitación para el campo como pocos hasta esa época conocidos. Pero la felicidad no duró mucho. La represión del ejército y los grupos paramilitares de la derecha habían barrido la zona a finales de la década. Durante la guerra de los años 1980s las casas se derrumbaron unas tras de otras, los techos se vinieron al suelo y se fueron confundiendo con la tierra, en sus interiores fueron naciendo matas enormes, árboles, matorrales que poco a poco se comieron las estructuras hasta hacerlas desaparecer. Los caminos y las callecitas también se perdieron entre los ramajes. Durante los doce años que duró la guerra civil, el antiguo asentamiento perdió el colorido de la risa de los niños que aunque descalzos jugaban al fútbol. Cuando todo aquello terminó, en el mismo lugar fue asentado uno de los grupos guerrilleros que pasaban a ser parte del proceso de cese al fuego declarado por el pacto de paz, para su posterior desmovilización militar e incorporación a la vida civil. En los verdes de sus alrededores se conocieron dos veteranos de la guerrilla, Miriam y Pedro Café, de ellos nació un muchacho fuerte y blanco al que llamaron Olivier Alonso. Al llegar el momento del nacimiento, sus padres debieron correr desde Las Pampas hasta el hospital Santa Gertrudis de la ciudad de San Vicente, donde nació el 4 de enero de 1993, un año después del final de la guerra. Se crió en el caserío Las Pampas que aún conserva la mansedumbre del campo y el silencio apenas apagado por el hacha o el canto de los pájaros. Sus pisadas de niño recorrieron los espacios donde en otros tiempos solía anidar la metralla y la muerte, la desesperanza y la incertidumbre. Hizo sus estudios de parvularia en la escuela nacional de la comunidad, ahí solía poner los pies sobre el juguete más codiciado por los niños, la pelota. Cuando apenas tenía seis años de edad, se realizó un torneo de fútbol para estudiantes en un cantón llamado El Carao, a un kilómetro y medio de su casa. Olivier, su hermano y su padre caminaron a toda prisa pues les había cogido la tarde. Esa vez metió un gol. Mientras tanto, el muchacho espigado que se entregaba más al fútbol, fue observado por uno de sus maestros, quien puso atención a sus destrezas. Entonces fue que le informaron que la Fundación Educando a un Salvadoreño, conocida por sus siglas FESA, estaba iniciando una actividad para encontrar jóvenes que practicaran al fútbol. Así comenzaría su historia con el fútbol juvenil del club Pachuca del Estado de Hidalgo, México. El camino no sería corto, menos fácil. El joven muchacho de aquel valle que encontró la paz después de veinte años de guerras, muerte y persecución, donde aún se encuentran cientos de tumbas clandestinas, entró en una lista nacional de aspirantes, con los temores presentes en su padres pues la cultura de las mentiras no abandona a los salvadoreños ni a la hora de irse a dormir. La primera prueba de aptitud fue hecha en el estadio de la ciudad de San Vicente en el año 2005, donde se presentaron varios aspirantes de otros departamentos. Esa vez varios fueron depurados, Olivier en cambio fue convocado para una segunda prueba. Para la segunda prueba le acompañó Pedro Café, la cual se realizó en la misma ciudad de San Vicente, donde llegaron muchachos de diferentes lugares del centro y oriente del país. “Recuerdo que le dije, mirá, está bonito esto, está interesante, pero no te creás mucho. Era incredulidad por todo lo que uno ha visto en este país. Esos programas tienen unos matices que no son tan justos a la hora de las elecciones. Y por supuesto tenía mis dudas.” Recuerda Pedro Café. Y así fue convocado a la tercera prueba, la cual se realizó en las instalaciones de la Brigada de Artillería, ubicada en las afueras del poblado de San Juan Opico. Esa vez iban a quedarse ocho días. Para esa ocasión se debía incluir partidas de nacimiento, fotografías y los formularios debidamente rellenados. La situación económica de la familia era precaria y no tenían ni para pagar las fotografías. “Un amigo que estaba en Estados Unidos me envió cinco dólares y al cambiarlos por colones nos sirvieron para pagar las fotos y tener hasta para el pasaje”, recuerda Olivier. En esa ocasión se conoció que el procedimiento tenía por finalidad escoger a un grupo definitivo de muchachos de todo el país a quienes se les proporcionaría una beca en un internado y que la última prueba debía ser en ausencia de la familia, para adaptarlos a un ambiente fuera de sus casas. Si llegaban a pasar la prueba y eran admitidos en la beca, pasarían en aislamiento de lunes a sábado. El programa incluía tres componentes: deporte, educación formal pues ellos no iban a dejar de recibir sus clases de formación académica y “lo humanístico, responsabilidad ciudadana”. Para poder continuar con la beca debían aprobar los tres componentes del programa. La beca iba a durar un aproximado de un año e incluía todos los gastos de manutención de los muchachos, inclusive el transporte. La academia, mucho más que ponerse un par de botines. Las primeras reuniones se dieron en un local de la feria internacional en donde asistieron los padres de más de cien muchachos que fueron admitidos para ser parte de un programa novedoso para la cultura de marginación en la que viven decenas de miles de jóvenes amantes de fútbol en EL Salvador. Con la documentación, los padres de Olivier adjuntaron los certificados de estudios realizados, FESA llegó a un acuerdo con el Ministerio de Educación para aplicar la modalidad especial de su academia así no habría retrasos en los estudios. La escuela de fútbol de la Fundación se instaló al lado de la Academia Nacional de Seguridad Pública, a pocos metros del aeropuerto Internacional de Comalapa. Olivier comenzó una nueva vida, nuevos maestros, preparadores físicos, técnicos, especialistas, médicos, nutricionistas y los maestros del área académica. Los sábados salían en distintos autobuses para visitar a sus familiares. Miriam y Pedro Café iban a la ciudad de Zacatecoluca, donde lo entregaban o lo recibían del autobús que pasaba por la carretera del litoral que iba o venía del oriente donde había otros alumnos de la academia FESA. A los pocos meses, según recuerdan los familiares de Olivier, varios de los muchachos fueron saliendo de la academia, por enfermedad, por falta de adaptación; la otra cara del fútbol, la presión y la disciplina, demostraban que son herramientas fundamentales antes de patear el balón y que no todos pueden adaptarse. Pedro Café reconoce que a medida que avanzaban en la academia fue viendo los cambios en su hijo, cambios no sólo en la parte académica sino en su conducta, “fue cada vez un muchacho más responsable y comenzó a ver el fútbol como una profesión, como un arte que obedece a principios a reglas”. Así se le fueron los meses en un viaje que hacía un par de años era impensable no sólo para el joven Olivier sino para sus padres que vivían en aquella comunidad de aldeanos pobres. En el 2008 llamaron a sus padres, Pedro Café (Milton Ayala Suchilital) y Miriam (Marta Adela Tobías Delgado). Les informaron que FESA tenía hermanamientos con diversos equipos del mundo, y uno de ellos era el Pachuca de México. Así es como se dieron cuenta que a su hijo le darían quince días de prueba en las ligas juveniles del equipo antes mencionado. Si salía bien de la prueba iba a prolongar su estadía hasta el mes de diciembre del mismo año. La buena noticia llegó cuando Olivier envío un correo avisando que se quedaba hasta el mes de diciembre de 2008. El mes de agosto del mismo año fue incorporado al equipo juvenil para participar en el torneo, el cual logró el campeonato. El Pachuca iba a realizar una gira por Irlanda del Norte donde se jugó la Milk Cup y en Inglaterra donde se jugó el torneo Shrewbury. Olivier fue invitado para acompañar al equipo en su calidad de defensa central. El viaje no termina aún: El Pachuca es un club, una organización que no solo supone un equipo de tradición y campeonatos en la primera división y en las categorías menores de México, simboliza la tradición deportiva de una tierra reconocida por las minas, para muchos por ello su nombre de tuzos, los topos que hacen cuevas en busca de los preciosos metales. Esta vez, la magia de los escondrijos pudo con las fronteras, las tuberías llegaron bien lejos. Las callecitas empedradas de Las Pampas siguen correteadas por niños que nacen como racimos de guineos, la cancha donde Olivier jugaba antes, inundada de lodazales y estiércol de semovientes, ahora luce verde y bien cuidada, ahí siguen naciendo jugadores de fútbol que anidan los mismos sueños locos de este planeta, correr en una cancha rodeada por miles de gargantas para silenciar los misterios del mundo con ese grito que despierta hasta los muertos: ¡GOL! —Un poco de tus recuerdos desde el inicio de la aventura, Olivier.
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