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Berne Ayalá

La sencillez de Héctor Hernández encaja con la complejidad de su obra, cargada por un trazo amurallado, un “amasijo de tendones” que expresa su condición de militante en un arte que vive más allá del lienzo, del grabado o del dibujo, que habita en la condición humana y en el dolor de las generaciones de hombres y mujeres que ha visto caer como lluvias de hojas cercenadas en ese pequeño país llamado El Salvador.

Sus orígenes con el dibujo y la pintura se remontan a su madre, su referente más inmediato. “A ella le gustaba pintar, usaba zacate, los colores de los pétalos de las flores. Así moldeaba los dibujos en los únicos tres años que fue a la escuela.”

Héctor vivió sus años de niño en un mesón de San Salvador ubicado en el barrio Cucumacayán, cerca del cementerio La Bermeja, donde había un patio enorme. “Mi papá nos obligaba a que lo tuviéramos bien barrido y tenía que quedarnos bien nítido, sin nada de polvo. La superficie a mi me gustaba porque con un palo yo garabateaba mis dibujos. Esos son mis primeros rudimentos de expresividad, cuando tenía unos ocho años de edad”. Recuerda además que en el mesón había un paredón donde nacían unas especies de líquenes como transparentes con los que le gustaba diseñar terrazas para sus juguetes.

En los años 1960s ingresó a la Escuela Nacional de Artes Gráficas, Carlos Alberto Imery. “Ahí comienzo mi plan básico. En la mañana estudiábamos las materias comunes y por la tarde recibíamos materias de artes como pintura, dibujo comercial, dibujo arquitectónico, topografía, artes gráficas, fotolito, quemado de planchas, era una escuela bien completa para su tiempo.”

Luego sucede algo con la reforma del ministro Walter Béneke: “La escuela es cerrada, yo me quedo en espera y entro al bachillerato del Instituto Nacional Francisco Menéndez, que estaba al lado de Universidad Nacional. Para mí eran épocas difíciles y dejo de estudiar. Debía irme a trabajar.”

Pasó situaciones duras, pero jamás dejó de dibujar. Siguió repasando sus bocetos y sus trabajos de aula. Después de dos años de ausencia académica continuó estudiando su bachillerato. Inicio sus estudios de pintura en los talleres del Centro Nacional de Artes (CENAR), en el año 1972. “Esos eran remanentes de algo que la dictadura quería destruir, pero como habíamos unos quince estudiantes que dejaron las escuelas libres tuvieron que dejarlas vivir un tiempo más. En esa época, en el mismo salón donde recibíamos ciencias y lenguaje, también impartía su cátedra de pintura el maestro Valero Lecha. Estábamos revueltos, había dificultad con el espacio, era una situación incómoda que la generó la administración. Aún así diez estudiantes terminamos el bachillerato en las escuelas libres.”

Pedro Acosta, fue su maestro, figura vital en su formación, no solo por su carácter o su valoración humana, sino por la visión de oficio de identificación con el contexto humano, “pedagógicamente me permitía libertades al
momento de hacer mis cosas, él me hacía observaciones, luego corregía. Luego el mismo modelo lo iba trabajando con bastante libertad. Esa libertad fue la que me permitió desarrollar la capacidad de transformar la figura humana o todos los elementos que yo podía cambiar o interpretar, fue una visión importante de él.

 

 

Hizo su primera muestra en 1976, cuando salió de la escuela de artes, la cual fue realizada en el Centro Cultural El Salvador-Estados Unidos, que estaba sobre la calle Arce, donde hoy está la universidad Tecnológica. “En aquellos momentos se estilaba que tu primera exposición era una serie de trabajos que habías hecho en la academia, como para demostrar tu desarrollo, pero yo hago un cambio y meto una serie de trabajos de estudios de procesos de lo que es actualmente mi obra. Hice ese quiebre. En ello ya se perfilaba mucho de mi trabajo artístico, mucho dibujo en la propuesta.”

Comenzó a hacer muestras colectivas y aparecer en certámenes en las casas de la cultura, lo que le fue abriendo espacio con el público. Tuvo una experiencia con una galería que se llamaba El Laberinto, ellos tenían buena visión de su trabajo pero cuando les dio los precios de sus obras no los aceptaron porque les pareció que su trabajo era “panfletario”.

“Mi trabajo tuvo dificultad de entrar a las galerías porque venía de un proceso con una carga violenta, pero sin sangre. Hay un carácter en mi trabajo: la gente no soportaba ver como esos cuerpos se retorcían en sí mismos. Mi trabajo en un inicio es una estructura muy cerrada, en términos de que un cuerpo contenía muchos cuerpos adentro.”

Un viaje a Colombia cierra un capítulo muy importante para el trabajo con el dibujo de Héctor Hernández. En aquellas galerías vio una gran cantidad de dibujos, hechos por artistas como Enrique Grau o Luis Caballero, dibujantes de altísima calidad. “Eso fue impactante para mi formación.”

En 1976 se enfrentó al arte conceptual, en el museo de arte contemporáneo. “No lo vi diferente o nuevo. Claro, yo no hice arte conceptual en ese momento pero ya lo comprendía.”.

Lo interesante de Hernández es la visión propia de su obra, la cual no entiende encasillada en una corriente o estilo, más bien la interpreta como una búsqueda. “Yo estoy en un proceso de hacer un arte salvadoreño. A estas alturas, digamos quince años atrás, se han dado muchos acontecimientos que me han permeado, eso me lleva a afirmar que mi arte pertenece a este país.”

Su viaje tiene hondura, precisión, viejos demonios y ángeles, los santuarios de los hombres y mujeres que no pudimos ver de hace siglos. “Estoy recuperando los valores o significaciones graficas que están diseminados en nuestro país desde tiempos ancestrales. Yo retomo todo eso, pero no los hago igual, es la actual realidad galopante la que estructura nuevas maneras de significar esos valorares gráficos.”

Héctor no utiliza los pretextos ni los viejos estribillos como las musas. Esta visión es propia de la personalidad de un hombre sencillo, solidario y comprometido con su tiempo. “El arte es como todas las cosas, un quehacer, un oficio, una entrega, no necesitas tener tu mirada puesta en un papel blanco, pero tu visión debe estar puesta en esa realidad y cada cosa que se mueve se valora y se trabaja. Yo dibujo todos los días, tengo cuadernos de estudios, pongo imágenes, caricaturas, es mi experimentación gráfica cotidiana. Para mi eso es el oficio de ser artista. No se puede uno sentar a esperar, pero hay un momento en el que uno se llena de una energía particularmente especial en el que te sientas frente a algo y comienzas a producir.”
Dedicado con paciencia y constancia al dibujo, la pintura y el grabado Héctor tiene una apreciación acerca de ese enredo de caminos: “Para mí hay una hebra en mi obra que lo amarra todo: el dibujo. Mi pintura siempre ha estado marcada por el dibujo.”

Como todo lo que cambia, su obra ha revuelto sus propias aguas en busca de las respuestas en el precipicio de los tormentos, ahora se observan tonalidades más suaves. “En mi primera etapa los colores de gama eran rojos, azules y cafés. Ahora mi paleta se aclaró. Pero también hay mezclas en mi obra con el arte gráfico, pues para mí, la tecnología es una herramienta a la que no le tengo miedo.”

Hector Hernandez

El maestro Héctor Hernández pasa sus días del dibujo a la paleta, a las imaginerías gráficas, pero también es un gran docente. “La enseñanza es mi segunda preocupación después de la pintura.” Esta visión expresa que el artista no se concibe a sí mismo como un personaje sin responsabilidades políticas. Su arte es un dolor, una angustia, una preocupación que interioriza los “sufrimientos ajenos”, la enseñanza se percibe en ese hilo conductor como un arte más: la continuidad en ese viaje que tiene que ver mucho con los jóvenes artistas que van naciendo, ahí está el asunto medular de su construcción ética: la solidaridad con el hombre de su tiempo.
Por ello es que asegura que el arte “es la única solución que nos queda a nuestros males, porque todo lo que ya se probó falló.” De ahí que no se satisface con gritar en su obra; el hombre político también quiere hacerlo con sus opiniones verbales, por ello asegura: “El artista en el que yo creo es el que vive en correspondencia con sus posturas políticas.”

Más allá de las forzadas ubicaciones estilísticas, y por supuesto más allá de la infructuosa tendencia a la identificación de su obra con un tipo de realismo social, Héctor Hernández es un poeta del dibujo y la plástica, un prestidigitador del escenario que habitamos, un humanista que llora desde las vísceras de su obra por el dolor de la vida en cualquiera de sus formas en el corazón retorcido del siglo XXI.

 

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