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Berne Ayalá
Apenas ayer
El primer asentamiento humano destinado para ser la capital salvadoreña está arraigado a una época lejana, frágil en sus soportes documentales, casi olvidada, escondida en matorrales, situada en un naciente y confuso mundo mestizo que tomaba forma en la hacienda como centro económico y cultural. Para los historiadores quizá sea fácil indicar que en 1525, una hacienda llamada La Bermuda se volvió la capital del país más pequeño de Centroamérica; ahí, entre los sembradíos de caña de azúcar, milpas y matorrales, hay algo más interesante que las fechas y los documentos: las supersticiones y los recuerdos de las gestes que todavía la viven.
A lo lejos despuntan las chiches del volcán Guazapa, tras vaguadas y planicies menores, se levanta el pequeño cerro Tecomatepec, abajo, donde terminan sus estribaciones, sigue aullando el recuerdo de los espíritus que habitaron esas tierras, desde indios, piratas, misioneros, gobernadores, guerrilleros, soldados, hasta turistas y curiosos de nuestros días. Una hermosa casa levantada después de la guerra civil intenta revivir las viejas paredes que sepultó el olvido, el verde de sus alrededores, la carnosa vegetación de sus jardines atrapan con su mansedumbre, pero sobre todo con su misterio.
Pedro de Alvarado, el conquistador español que ingresó a las profundidades de la selva tropical centroamericana, dejó a Bartolomé Bermudes para que se hiciera cargo de la administración de los territorios que hasta entonces eran controlados por España. A punta de espada y con la ayuda de unos cuantos curas narizones, se afinca en el valle La Bermuda donde se inició de inmediato una guerra contra los indios que habitaban la zona y que se resistían a ser dominados. La incertidumbre y la inestabilidad de los conquistadores era tal debido a los persistentes ataques de los indios que, luego de realizar sus maniobras se retiraban a esconderse en las montañas cercanas, de difícil acceso para las tropas españolas en aquellos años. Las tropas de Bermudes se las ingeniaron hasta que lograron sitiar los avances de los indios y terminaron por derrotarlos luego de batallas que se extendieron por un año. Después vino el sometimiento.
La Bermuda fue la primera encomienda que se convirtió en una hacienda, la más grande, que
abarcaba los territorios de lo que hoy es Chalatenango y Cuscatlán. Se fue constituyendo en un centro económico, social y cultural, con sus edificios, graneros para almacenar los frutos del cultivo, el punto de encuentro de la avanzadilla hacia el señorío de Cuscatlán, actual territorio de El Salvador.
Luego de realizada la conquista, Bermudes da parte al rey Carlos V de España quien entrega un escudo de armas, en la que sobresale el yelmo con las plumas de conquista.
Más adelante llega a ese mismo territorio, Gregorio García Peña y comienza el cultivo de añil. Este señor se casa con la hija del primer regidor de España en Guatemala. “La Bermuda se vuelve entonces la primera hacienda en exportar añil a Europa”, según la propietaria del actual restaurante y hostal ubicado en el mismo territorio conquistado hace siglos, Rina Hueso. En sus tierras se instalaron los primeros obrajes de añil, pero ese proceso les llevó años después a comprender que se estaba matando a los indios debido al trabajo realizado con la planta mencionada. Pasa la hacienda a producir cacao y especies; siglos adelante producirá café, caña de azúcar al final de su época de oro que fue afectada por el proceso de reforma agraria de los años 1970s.
La guerra civil de los años 1980s arrasó cuanto a su paso se interpuso, el territorio de La Bermuda quedó en el corazón de uno de los frentes más duros, Guazapa. Las propietarias decidieron donar al Estado como patrimonio cultural la casa más antigua, que está separada de la casa hostal y restaurante por la carretera que conduce a la ciudad colonial de Suchitoto. La donación fue hecha para que se preservara, pero, según Rina Hueso, fue saqueada y además demolida.
El abandono provocado por la fiereza de la guerra fue ahondando los daños en las edificaciones que quedaban en pie, de la misma manera que innumerables asentamientos humanos se iban desmoronando, La Bermuda sucumbió al poder de la violencia y la locura. Las tierras donde se asentaba la hacienda se tiñeron de sangre, cientos de civiles fueron perseguidos y asesinados por las fuerzas militares, los caseríos se volvieron fantasmales, las batallas entre la guerrilla y el ejército convirtieron la primer capital de El Salvador en un territorio de fuego y muerte.

Aquellos cerros donde los indios se ocultaban de los soldados conquistadores de Bermudes y Alvarado pasaron a ser los territorios donde acampan y combatían las guerrillas del Frente Farabundo Martí. Los siglos se precian de devolvernos los fantasmas de aquellos seres que de alguna manera se repitieron en nosotros, inevitable fue pasar por esas muchedumbres que se ocultaban en las noches, mujeres con sus hijos recién nacidos en brazos, tapados de la boca para no ser descubiertos por los soldados.
La Bermuda, partida por una carretera, era un paso obligado, para militares y guerrilleros, pero nada quedaba de aquellas grandes casas, solo matorrales y los restos de paredes sostenidas apenas en la imaginería de aquellos que hablaban de la hacienda con una grandeza emblemática, casi mítica, inventada.
Los herederos de las tierras de la hacienda La Bermuda, como decenas de miles de salvadoreños, debieron abandonar el país recurriendo a un exilio obligado, como bandidos cruzaron la frontera y no volvieron sino hasta que, más de doce años después de aquel 1980, todo pareció haber terminado.
Los espíritus aparecidos
Rina Hueso y su familia retornaron a El Salvador una vez confirmada la firma de la paz, celebrada en el castillo de Chapultepec aquel inolvidable 16 de enero de 1992 y no pudieron más que espantarse de lo que encontraron.
Los saqueos a las antiguas instalaciones de La Bermuda no solo se debieron a la guerra y a la crisis política que vivió el país, los saqueadores se disfrazaban de lo que fuera en aquella tormenta, paredes que todavía estaban en pie fueron derrumbadas, los bandidos buscaban tesoros ocultos en ellas, las maderas de siglos de estar sosteniendo los tejados y las puertas fueron arrancadas y llevadas a sitios lejanos, el portón principal de la hacienda, de un valor incalculable, según Rina Hueso, fue encontrado en un lugar de Guatemala, en Panajachel. Pero la vida que todo lo puede comenzó a florecer de nuevo. Y con ello volvieron a la vida sus historias y leyendas, y por supuesto sus espíritus.
San Jerónimo es un santo conocido de la zona, a juicio de muchos un santo que desaparece de la capilla de La Bermuda y aparece en la hacienda de Metayate o en otros lugares. En una época el santo se perdió de la capilla de Suchitoto, la gente se movió con todo y policía en busca del bendito santo. Las casas fueron registradas pero entonces el párroco dio el aviso para darles las gracias porque el santo había hecho muchos milagros en otro caserío. La gente le responde que no lo han prestado ellos, que a lo mejor el santo hizo su milagro y despareció y reapareció por su propia voluntad.

La superstición es una forma de la realidad, se manifiesta queramos o no, más allá de las insatisfacciones intelectuales.
“Años después de aquellos acontecimientos llega una peregrinación y nos dice que fueron salvadas en esa época por ese santo, que de generación en generación venían a peregrinar porque tenían una promesa. Esto sucedió una vez La Bermuda fue restaurada después de la guerra, ya que esas familias lo hacían pero debido al conflicto armado lo habían suspendido.”, dice Rina.
La familia, animosa de ver florecer la hacienda, decide reconstruir el lugar, “el lugar que de niña yo viví quería volverlo a ver lleno de flores.” Esa idea no llevaba el propósito de abrir un restaurante y menos un hostal. Poco a poco de una idea familiar se fue convirtiendo a una idea turística. Así nació la hacienda como concepto de recreación y esparcimiento, como escenario para la cultura.
Y comenzaron a hablar de los libros antiguos, de los platillos y sus recetas, la forma como se presentaba el plato. La idea tenía como principio buscar a los aldeanos que vivían en los alrededores para con ellos reconstruir un recetario popular, además de lograr incorporar a las familias en la incipiente economía del restaurante para la producción de alimentos. La otra aventura tenía que ver con el arte.
“Yo recuerdo que cuando era niña, en La Bermuda se vivían noches de cuentos y leyendas
y eso fue lo que hicimos, replicarlo ahora que levantamos el lugar de las cenizas.” En esa época algunos amigos contaban cuentos de misterio y los niños se arremolinaban en las fogatas envueltos en cobijas, a escuchar las historias de espantos. Los trabajadores de la hacienda se disfrazaban y mientras se contaba el cuento aparecían entre los matorrales y simulaban frente a los niños y las niñas para acompañar el lado oscuro de las historias contadas.
“Una de las cosas que creímos que debíamos rescatar era esos eventos”. El maestro Carlos Velis, dramaturgo salvadoreño que ha interpretado obras propias y de otros como O-Yarkandal de Salarrué estuvo en el lugar. “Montamos la obra de La Llorona, Aquí no se oía una mosca, Velis me dijo: qué pesada me la pusiste. Hicimos un escenario alrededor de la piscina, estaba listo, Carlos con su vestimenta y su narrativa de La Llorona, todo el mundo en un silencio sepulcral, había un grupo de canadienses, entonces él dijo: “Y a lo lejos se escuchaba…” cuando aparecimos entre el monte nosotros gritando: “¡Aaaay mis hijooos!”, la gente casi caía a la piscina de verse envuelta en el misterio de aquel cuento.”
Lo que se revive en esas noches no es el teatro tradicional sino la manera como se contaban los cuentos en los caseríos, el aullido de los perros a lo lejos, el soplido de los vientos y la magia encontrada entre los viejos y los niños.
Para los habitantes de La Bermuda, en sus tierras han sucedido cosas que no son fáciles de creer, quizá porque es parte de los espantos que habitan en la imaginación de las personas. Cuando se habla de esas historias en los amplios y preciosos corredores de la hacienda, uno sabe que esos cuentos no podrían tener el mismo efecto en otro lugar que no fueran esos parajes verdes que se ocultan del sol a eso de las cinco de la tarde.
En los patios y los alrededores de la hacienda viven unos doscientos chuchos, que merodean y cuidan a los que habitan el restaurante La Bermuda y a los que se hospedan en su hostal. Echados parecen hombres que regresan de la batalla y acampan bajo la sombra de los árboles, pero también evitan que la gente suba a los lugares prohibidos, más de uno tiene la cara de indio o de soldado español, de guerrillero o de soldado, de karateca, o un brujo, todo depende de la imaginación y la simpatía o miedo que les tengamos.
Los espíritus viajeros habitan La Bermuda, sus cuentos de aparecidos atraen a aquellos que se interesan por el más allá, es uno de los atractivos de ese lugar. Para muchos La Bermuda “es un campo de energía, el corazón de un país, el corazón de Cuscatlán, por eso las plantas siempre están verdes, no importa si llueve o no.”

De cualquiera manera, la ausencia de los ruidos estridentes de las ciudades, los verdes abundantes de la casa donde hoy está situado el restaurante y hostal “Hacienda La Bermuda” te saca de ondas y te pone en camino de muchas historias que corren por las aguas de los ríos y los cerros de sus alrededores.
Esa es la aventura, de ir a un lugar de hace más de cuatrocientos cincuenta años de hibrides de las energías de hombres y mujeres de todos los colores, donde además los artistas de la plástica tienen un lugar donde exponer su obra y a uno no le viene mal un buen trago de “chaparro” con refresco de granadilla.