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30 años. El titiritero maldito.

La expedición de “El Pirijute” José Amaya.

por Berne Ayalá.

 

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Pocos artistas salvadoreños de las artes escénicas pueden estar fuertes de cuerpo y espíritu después de haber recorrido treinta años de actuación. Pues “El Pirijute” José Amaya es uno de esos raros especímenes que ha logrado quebrar los malos augurios de una comunidad fracasada como la nuestra.


Le recuerdo en aquel ático del centro de San Salvador, ubicado encima del restaurante de su hermano Federico: “La Vaca en el Tejado”, donde tenía su estudio y aquella montaña de máscaras y de ojos tirados por cualquier rincón. Una cuadra al norte de ahí está el chupadero el “Majagual”, donde solíamos reunirnos en las tardes para beber cerveza y escuchar su voz tendida siempre en la maleza de un nuevo amor, porque el Pirijute es un tipo así como que se enamora en cada esquina. El “Majagual” es un bar donde suelen llegar oficinistas jubilados, viejos contadores públicos, militantes de la izquierda no ortodoxa, un par de lisiados de guerra y vendedores de billetes de lotería. Pues ahí, frente a una cocina soterrada en una enorme capa de sarro y grasa, solíamos reír y hablar de sus viajes y de sus títeres y de esa historia del “Huevo” que le había hecho conocido hasta al otro lado del mar Atlántico.


“El Pirijute” es un tipo alto, pasa del metro ochenta, es prieto y tiene una mirada de bandido en serie. Era un muchacho cuando conoció al maestro Roberto Franco, en los años 1970s, ahí comenzó las andanzas (Franco fue secuestrado por los escuadrones de la muerte y desaparecido en 1984). Él fue su maestro, su iniciador.


Para el Pirijute parece que todo se centra en los títeres, ese mágico mundo donde nadie muere y la risa es la mayor prueba de que la vida es bella y en colores.


El Pirijute fundó el grupo de teatro Ocelot del que fue su director. Uno de sus mayores aportes a las artes escénicas fue la fundación del Festival de Teatro Infantil (FITI) en el año 1996. Fue impulsor en la celebración en nuestro país del día internacional del teatro. Pero más que todo eso, José Amaya es un incansable trabajador del teatro con títeres. Un brujo que aletea sus manotas tras cortinas negras, un simulador que inventa los mundos que la imaginería de los niños y las niñas terminan por descubrir camino a casa.


José Amaya se la pasa entre Guatemala y El Salvador, siempre metido en las comunidades mayas o en las barriadas salvadoreñas, montando obras que se caracterizan por comunicar ideas frescas a puñados de muchachitos que no paran de reír.
Su enorme álbum de fotografía recuerda aquellos días de la guerra, cuando montaba sus obras en comunidades de repobladores o a soldados recién llegado del frente de combate. Avanzó de ahí a un mundo urbano de la posguerra que le permitió centrar sus energías en un trabajo dedicado: “Puedo decir que vivo de lo que soy, un artista de los títeres”, dice. Es verdad. José Amaya ha trabajado temporadas en España y Guatemala, viviendo de su trabajo en las artes escénicas. Pocos artistas salvadoreños pueden decir lo mismo.


Lo vi hace unos días en Guatemala, me habló de sus proyectos y de su trabajo. Ha estado montando obras en comunidades rurales y este año 2010 celebra sus nada despreciables 30 años como creador de las artes escénicas. “Quiero celebrarlo con mis amigos del continente en un viaje desde el Bravo a la Patagonia”, dice.


Cuando llega de Guatemala con una mochila gigante como hospital de campaña, su mirada se tiende sobre la zona bohemia de El Barrio en San Salvador, se dirige con fe y diligencia al bar “Leyendas”. Esa visita es un acto religioso de su llegada a casa.
El Pirijute pretende iniciar una cabalgata por el continente para juntar las energías de todos sus amigos y amigas que trabajan en el teatro, la música, la poesía, la pintura, el cine de expedición y trabar una conexión que en verdad merece ser celebrada. Un motivo para celebrar la vida y darle un regalo hermoso a El Salvador.


Esperamos poder acompañarle para escribir esa gran crónica de la vida de un maestro de la vida de los trapos, los palos y el embrujo de los hilos. Celebrar la vida es siempre enervante, aplaudir a los creadores un fabuloso abrazo.
Los dejamos con esta nota. Ya habrá tiempo para contar en detalles los planes del Pirijute, a quien le deseamos un viaje exitoso en sus 30 años bajo los mantos de las artes escénicas y las vocecitas chillonas de sus criaturas.