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Vista al lago: los ojos verdes de Coatepeque
Berne Ayalá
“Lo que más hay en la tierra es paisaje. Por mucho que falte el resto, paisaje ha sobrado siempre, abundancia que sólo se explica por milagro infatigable, porque el paisaje es sin duda anterior al hombre y, a pesar de tanto existir, todavía no se ha acabado.”
Levantado del suelo/José Saramago.
Muchos de los lugares turísticos de El Salvador que mezclan la aventura, la cocina y la ecología, están relacionados de manera directa con los acontecimientos de aquellos años 1980s, tan difíciles, aturdidos por sus crisis sociales y políticas y su guerra civil, por fortuna esta es una de esas historias que tuvo un feliz término y que hoy, al escribir sobre ella suscribimos una invitación para compartir este impresionante paisaje donde la esperanza y los sueños de una comunidad valiente y noble habita en el arco iris del lago de Coatepeque.
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El occidente de El Salvador está caracterizado por la abundancia de fincas cafetaleras sembradas en las alturas de cerros y volcanes. Un paisaje duramente afectado por los intereses económicos de unas pocas familias que se remonta al siglo XIX. Desde entonces y durante más de un siglo la vida de los salvadoreños se asoció a la productividad del café, un grano apreciado en todo el mundo por su aroma y sabor.
Pero la finca como modelo de producción, de propiedad y de sistema de convivencia entre propietarios y colonos es uno de los recuerdos más duros de las familias pobres de El Salvador. Bajo las sombras verdes y el frío de las madrugadas, decenas de miles de hombres y mujeres, incluso niños y niñas, se entregaron a una recolección del grano de café que no les sacó de la pobreza y el hambre porque la estructura de esa finca era despiadada al momento de distribuir las riquezas de ella lograda.
Y así se fueron décadas enteras, entre la creciente riqueza de los pocos dueños de las fincas y la miseria extrema de los pueblos indígenas que las habitaban bajo el dominio de una especie de mini estados. La crisis soltó una de sus cuerdas en 1932, y provocó el levantamiento indígena que dejó miles de asesinos, muchos de ellos caídos en esos parajes que hoy rodean el lago de Coatepeque, su crimen fue el hambre extrema y una pobreza dibujada con claridad en la desnudez de sus crías y sus pies descalzos.
En los años 1970s la crisis llegó a tope, la finca, la explotación de la agricultura no era sostenible y entonces comenzó un discutido y polémico proceso de reforma agraria. Decenas de fincas y haciendas en todo el país fueron repartidas en diversidad de comunidades, en las costas, en los cerros, en el norte sur, oriente y occidente. Tractores y otras maquinarias, ganado, tierras productoras de café, caña de azúcar, algodón, fueron expropiadas y repartidas a grupos de campesinos que fueron técnicamente obligados a formar cooperativas para administrar las propiedades donde generaciones enteras de sus ancestros murieron de hambre y enfermedades.
Los Pinos fue una de esas fincas que el gobierno de turno repartió en el año 1980 a un grupo de campesinos. De ahí nació la cooperativa que sigue llevando el mismo nombre. En ese paisaje que les fue entregado, han producido café durante los últimos veintinueve años. Hoy, además, han comenzado una aventura con un bonito restaurante, una ruta turística por la montaña con una vista impresionante sobre uno de los lagos más preciosos de Centroamérica, ellos le llaman a su proyecto Vista al Lago.

2.
Antonio Oscar Molina es el presidente de la Cooperativa Los Pinos, propietaria y soberana de este paisaje, conformada por ciento cinco socios y doscientas familias beneficiarias. Molina recuerda el día que esta historia comenzó. La crisis política era tan delicada que había tomado la decisión de irse a vivir a Honduras, pero la noche del seis de marzo de 1980 que todo estaba listo llegaron los soldados.
“La cooperativa fue fundada por un decreto de reforma agraria. Llegaron los soldados y nos llevaron al casco de la finca y ahí nos dijeron que la tierra era de nosotros pero que debíamos tener una cooperativa. Y así comenzó esto, a punta de fusil”, recuerda Molina.
Nadie de ellos sabía de administración, su vida la habían pasado obedeciendo órdenes, sin escuela ni clínicas, vejados a niveles que hoy día nos parecerían más bien propios de la esclavitud, o como sus mismos habitantes lo dicen: “los esclavos vivían mejor que nosotros.”
“En la finca sólo había un perro blanco que se llamaba Mirto que era del mandador, que bien lo recuerdo porque le faltaba un ojo. Los colonos no podíamos tener perro, estaba prohibido. El patrono, de apellido Guirola, llegaba con un animal grande amarrado con cadenas gruesas de oro y colmillos de oro. A él no le gustaba que uno lo viera, si uno se le quedaba viendo lo amenazaba con matarlo. Cuando llegaba a la finca todos nos escondíamos porque le podía meter un balazo a uno y no iba a pagar con cárcel porque los guardias nacionales del puesto trabajaban para él. Si todos los hacendados eran así, hasta muy poco fue quitarles las tierras.”
Antes de la reforma agraria cada familia de Los Pinos tenía derecho a un cántaro de agua, veinticinco botellas de agua, por la mañana y otro tanto por la tarde, nada más. Si alguien buscaba un poco más en los tanques de la finca, el único lugar donde la había, era castigado y le quitaban la ración por una semana entera. Para poder subsistir con sus familias debía bajar la montaña hasta el lago para traer agua para beber y preparar sus alimentos. El salario por jornal de trabajo que muchas veces no terminaban en un día, era pagado por dos colones con veinticinco centavos, menos de un dólar.
Afuera del casco de la finca había un puesto de guardias nacionales, ellos se encargaban de dominar a los pobladores y encarcelarlos sin hacerles juicio, “para mantener el orden en el lugar.”
Ese era el modelo de la finca, despiadado, por eso es que Molina cuando lo recuerda nos dice que la expropiación es lo menos que les podía pasar a esos dueños, que peores cosas no le hubieran asustado a nadie pues con aquella vida miles de niños y niñas morían de desnutrición, mujeres no resistían sus partos y sus hombres no podían dedicarse a pensar en cambiar su realidad por el mismo sometimiento de la calamidad de sus vidas.
Decenas de cooperativas de la reforma agraria quebraron, las maquinarias enmohecidas todavía se ven en algunos lugares, las casas derrumbadas, las pilas y los corrales donde se criaba el ganado apenas sobrevive al olvido de una época que nunca retornó. Eso permitió que los detractores del cooperativismo tuvieran evidencias a su favor para condenarla. Y en efecto dada la falta de atención muchas de las cooperativas perecieron. Los Pinos es un ejemplo de los que no se rindieron a las inclemencias del tiempo, la guerra y las crisis mundiales en los precios del café.
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A mediados de los años 1980s la producción de la cooperativa había alcanzado niveles muy buenos, pero a finales de la misma la crisis en los precios del café provocó que la cooperativa buscara nuevas formas de diversificar sus ingresos sin dañar su entorno.
La mayor de las bonanzas en los precios del café se centran a finales de la década de los años 1970s cuando el precio del quintal superó los US $ 200, pero en 1991-1992 se alcanzó uno de los niveles más bajos US $58 por quintal y en 2001-2002 el preció llegó a US $ 46.40. Esa era la realidad vivida por la cooperativa.
Todo eso les llevó a discutir cómo encontrar solución a los problemas y no depender exclusivamente de la producción de café. La idea del proyecto Vista al Lago nació entonces aunque no tenían recursos para llevarla a cabo. Sin embargo no dejaron de trabajar para las familias de los asociados, construyeron casas, instalaron energía eléctrica y servicio de agua potable, construyeron clínicas, una escuela, casa comunal y becas para estudiantes de la comunidad. Algunos de esos beneficios se vieron afectados por la caída de los precios del café, como el programa de becas y la atención médica.
“Las bellezas ahí han estado siempre, pero no teníamos las condiciones para llevarlas a que la gente las disfrutara. El depender exclusivamente del café nos afectó, pero logramos salir adelante. Y llegaron agencias de Estados Unidos y de otros lugares a ayudarnos para llegar adonde nos encontramos ahora.” Recuerda Molina.
La cooperativa sigue explotando el cultivo de café, en el casco de la finca siguen instaladas las viejas cocinas donde se cuecen los alimentos y las tortillas de maíz de los cortadores que se inscriben para la época de recolección, que hoy tienen una casa grande con camarotes donde dormir.
Para salir adelante con el proyecto Vista al Lago, según Molina, recibieron cooperación de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID). Ellos trabajaron con especialistas en medio ambiente y biodiversidad para hacer un estudio de la geografía y las especies vegetales y animales que habitan en las tierras de la cooperativa.
El Ministerio de Agricultura y Ganadería también les ha apoyado por medio de un fondo especial del Vaticano. Ellos han brindado un préstamo por la vía del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
“La USAID nos ha ayudado en la parte técnica, capacitación con trabajos con biólogos y en la certificación del café. Nuestro café está doblemente certificado. Tiene dos sellos: comerció justo, que lo invertimos en la gente de la comunidad. El otro es el selo Rallforest que nos sirve para el refuerzo de la parte ambiental. A través de eso este año hemos sembrado tres mil quinientos nuevos árboles de especies nativas, como cortés, copinol, ujuschte, bálsamo, memble.”
Las otras agencias que están trabajando con la cooperativa son la Asociación Salvadoreña para la Salud Rural (ASAPROSAR) y Ayuda en Acción, con quienes están trabajando en organización y educación comunitaria. Con todos esos esfuerzos económicos, ecológicos y sociales se busca que se integre la comunidad en su propio desarrollo, a través de un trabajo más justo para sí mismos y sus familias.
Dentro de los proyectos que se esperan abrir con esta gran idea se mencionan: granjas de conejos, de pollos, fabricación de muebles y de artesanías, el cultivo de abejas para la productividad de miel.
La cooperativa también tiene su propio beneficio, El Roble, donde se procesa el grano de café para ser exportado a distintos países del mundo como Alemania y Estados Unidos. Desde el casco de la finca los trabajadores que son habitantes y miembros de la comunidad, viajan en camión para trabajar en el mismo.

4.
El paisaje, sus bondades y sus mitos. Los territorios de Vista al lago están dotados de muchas especies de plantas y de coloridos verdes, dentro de estos se encuentran: volador, ujushte, cortés blanco, bálsamo, caoba, cedro, laurel, tempate, jiote, guarumo, coquillo, ceiba, ceibillo, conacaste, guachipilín, cincho o sangre de chucho, paraíso, chichicaste, chilamate, madre cacao, pepeto. Muchos de estos árboles tienen decenas y cientos de años, pero hay uno (o una) que es el símbolo de esta tierra de vida y esperanza, “La Madre Ceiba”.
“La Madre Ceiba” es un árbol hermoso cuya edad ha sido calculada en más de trescientos años. Su copete de ramajes de color arcilla del verano se ve desde lejos, imponente sobre los sembradíos de café y otras especies de plantas. Al pie de sus raíces tan gruesas y largas, sigue asentado uno de los recibideros de café que subsisten al paso de los años. Ahí han llegado durante décadas los cortadores de café para que les sea pesado el café para luego ser transportado.
Bajo la sombra o entre sus raíces uno siente el vibrar de los fantasmas que detuvieron su paso por aquella mole que desliza por su corteza el tamiz de ternura que los siglos han dejado caer desde los cielos sobre su copete de diosa y madre del verde de nuestras campos. Bajo su sombra se respira el aroma de la paz profunda de la madre tierra.
En esas arboledas habitan muchas especies de pájaros: codorniz, gorrioncillo, charra, hurraca, talapo, paloma de ala blanca, guitillo, perico, lora, azulejo. Las culebras que más se encuentran son la tamagás, coral negro, víbora castellana, cascabel y zumbadora. Viven en armonía con sus habitantes humanos.
El café que se produce es el Paca y Borbón en una extensión de cuatrocientas siete manzanas. Es un cultivo de mediana altura que dada la exuberancia del clima y las brisas que se mezclan con el lago de Coatepeque, produce la calidad de taza de café de altura.
Los Pinos Vista al Lago, una aventura, bello lugar para el aprendizaje y el ocio donde la comunidad tienen servicio de guías para una caminata de dos kilómetros con ochenta metros por el corazón de un territorio de más de cuarenta y tres manzanas, con vistas impresionantes en dirección del lago; un restaurante con vista al lago de Coatepeque y un área recreativa en las playas del lago para natación y pesca y una sala de recepción. El casco del lugar está ubicado en el cantón Los Pinos, carretera que de la ciudad de El Congo conduce hacia el Cerro Verde, en el departamento de Santa Ana.
Para Wilson Mejía, gerente del proyecto Vista al Lago, “esta es una propuesta para la recreación en armonía con la naturaleza, el aire fresco y el ejercicio, manejado por la misma comunidad Los Pinos, el recorrido de la caminata incluye el paso por cultivos de café y partes de montaña, con miradores hacia el lago.”
Nosotros que bajamos con Wilson y subimos esos chorros de metros de montes, al final podemos decir que es en verdad jugosa y crujiente, cuando regresábamos literalmente habíamos tirado la lengua al suelo y las piernas nos parecían de trapo, y sin embargo la voz fresca y cálida del compañero Wilson nos seguía describiendo con sobriedad cada una de las plantas encontradas a nuestro paso, Leo y yo sentíamos aquella voz como si saliera de las blancas nubes o del cielo, de las hojas, de las raíces, como imaginada por un delirio. Al llegar a nuestro punto de partida una cerveza fue la culminación por esos recorridos a los que sin duda vamos a volver porque hemos dejado en ella a una comunidad amiga de la vida y la esperanza.